Qué gran tarde la del sábado, una mateada y cafeteada con mis compañeras del colegio, que me inundó de sensaciones muy plenas; hurgueteando en los rincones del recuerdo, y siempre, como es nuestra costumbre, riéndonos de alguna profesora, por lo general, de la misma, aquella super distraída que nos cambiaba de lugar en las pruebas, señalando a una por una, con su dedo encorvado y sus ojos dislocados.
Qué bueno es vernos, qué bueno reflejarse en ese espejo como aún adolescentes, donde todavía tenemos a una chica de 17 años que no quiere crecer, que sueña con un futuro incierto y dónde todo está por suceder; en ese ayer estaban los proyectos de una familia, de una carrera, de un buen trabajo, de ser felices en un mundo que desplegaba sus escaleras al cielo, mientras sonaba en la radio ese tema de Led Zepellin.
Gracias chicas por la tarde del sábado, gracias por ese rato donde me olvidé de todo lo que no me gusta, gracia porque a pesar de todo lo que cada una vivió a lo largo de estos años, volvimos por unas horitas a ponernos el jumper azul.

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